Playa, montaña y selva…en la misma semana

Esta semana hemos estado un poco ajetreados. De ahí que hayamos tenido el blog un poco descuidado. Con el fin del mes de Febrero, llegaba también el fin de nuestras vacaciones en la playa y teníamos que ponernos de nuevo en camino. Esta vez en dirección a la región que muchos consideran la más salvaje y remota de Costa Rica: la península de Osa. 

Como referencia, digamos que donde hemos estado hasta ahora -con las víboras, las tarántulas, escorpiones y demás bichejos – es un paseo en el parque en comparación a lo que nos espera en Osa. Vamos, el calentamiento antes de la maratón. Esta pequeñísima península alberga el 2,5% de la biodiversidad mundial. Y aquí vamos a vivir y trabajar como voluntarios los próximos 4 meses.

Nuestra última puesta de sol en el Pacífico, al menos por un tiempo

Así que la semana pasada y con el coche cargado hasta las trancas, dijimos adiós a Manchita (con mucha pena) y a las criaturas de la noche (con menos pena) y nos encaminamos hacia Monteverde, uno de los últimos bosques nubosos del mundo. Según google maps, el viaje eran aproximadamente 3 horitas, minuto más o menos. Pero Frank, que le ha declarado la guerra a Google, usa “Maps for me”. Cinco horas después de nuestra salida, seguíamos subiendo la montaña por un camino polvoriento con 45 grados de inclinación y con el 4×4 a toda marcha. Mierda, pensé. Nos hemos perdido, otra vez!. Con un sudor frío corriéndome por la frente le pregunto a Frank si vamos en la dirección correcta. “Creo que sí”, me dice sin mucho convencimiento. Pone el móvil en marcha y me dice “Ah espera, el GPS ha dejado de funcionar hace un rato y….”. En fín. Digamos que disfrutamos del resto del camino en silencio. 

Al llegar a nuestro hotelito y contarle al dueño nuestras desventuras en el camino nos enteramos de que por el otro lado de la montaña, se llega a Monteverde por un camino recién asfaltado. Sin comentarios. 

Al día siguiente teníamos contratado un tour para ver pajaritos con un guía especializado. Nos levantamos con el alba, nos colgamos los prismáticos y la cámara y nos presentamos vestidos de safari de los pies a la cabeza a las 6 am en punto en el lugar indicado. Un aparcamiento enfrente de una cafetería. Así dicho no suena para nada atractivo, pero la verdad es que en los primeros 30 minutos y sin salir del aparcamiento nuestro guía había avistado e identificado al menos 30 pájaros distintos. Uno por minuto. Y cada cual más bonito. 

Después de dar un par de perivoltios por el aparcamiento y aledaños, nos tomamos un café y nos encaminamos a la reserva de Curi-Cancha. Y allí, nada más entrar, nos estaban esperando un par de tucanes esmeralda y tres quetzales. Dos machos y una hembra. 

En lo que nos llevó plantar el telescopio y la cámara, estábamos rodeados de unos 50 turistas que habían venido corriendo al saber que se había avistado un quetzal. A parecer, no ocurre todos los días ni ocurre tan cerca. Y la verdad es que entiendo la conmoción. ¡Es un ave espectacular! Y como dice un amigo nuestro, no es nada tímida. Allí estuvo, sin moverse, durante todo el día, supongo que observando a las hordas de turistas que pasaban a verle. 

Nosotros seguimos nuestro camino. Al final de la mañana habíamos visto más de 50 especies diferentes de pájaros, gracias a la capacidad de nuestro guía de reconocer las distintas llamadas de los pájaros y buscar entre la maleza hasta que daba con ellos. Aquí podéis ver algunas de las fotos que tomamos. 

Al día siguiente fuimos a la reserva del bosque nuboso de Monteverde, donde nos volvimos a encontrar con nuestro guía del día anterior, esta vez con un grupo de japoneses. Todos con su sombrero safari, sus prismáticos y su block de notas corriendo detrás del guía. Una visión. Supongo que disfrutaron del guía tanto como nosotros porque sólo oíamos Ohh! Ahhh! Ooohhh! 

Matilda en su cesta de borreguito, porque en Monteverde hace fresco

Y con la sensación de que nos habían sabido a poco los días en Monteverde, la mañana siguiente nos pusimos ya en camino hacia Osa. Esta vez, por la carretera asfaltada. Que una cosa es que nos guste la aventura y otra es ser estúpidos reincidentes con conocimiento de causa.

Selva, allá vamos! 


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